Dormía, hasta que
Amanecí con la mirada fija en mis pies, cubiertos casi totalmente de arena. Detrás de mí, un abismo de luces y sombras apareándose, formando extraños grises (una escena similar a una cortina de humo que cubre los destrozos hechos por el fugo). A mi nuca la inmovilizaba una suerte de conciencia involuntaria, tal vez obtenida ya en mis primeras nutriciones.
Me llevó algunos minutos salir del espanto y razonar que aún podía mover mis ojos para adelantar la mirada. A pocos metros de mis dedos encontré vida: un cangrejo siendo devorado por un pequeño pez. La vista del caparazón rojo adentrándose lentamente en el gris y viscoso cuerpo me impresionó. Expresé gestos de una sorpresa desagradable que revolvía mis vísceras de una manera asombrosa. Sin embargo, a esta repugnancia, le siguió una sensación de eternidad tal que logró conmover mi alma estancada en aquella arena ilusoria.
Por todo mi cuerpo sentí un escalofrío profundo que culminó materializándose en lágrimas de sangre brotando de mis ojos. Puedo mover mi cuello. Sin cerrar los ojos, comienzo a corroborar el estado de los músculos que sostienen mi cabeza; esto desencadena un golpe dentro de mí que me arroja sin piedad al suelo.
De pronto, me encontré tirado en la arena. Descubrí que podía moverme y me acomodé de una forma tal que me prepara para volver a estabilizarme erguido. Pero, sin quererlo, vuelvo a contemplar la escena de la depredación. Y la comprendo. Y me veo en el cangrejo, quién dejó de lado sus tenazas al resignarse a ser absorbido por ese ente escamoso y viscoso que no debería estar consumiéndolo. Junto mis últimas fuerzas. Abro mis armas y me arrojo contra mi asesino antinatural. Lo destrozo. Hecho añicos, me pide perdón por su degeneración y me suplica piedad. Con sólo una mirada le explico la situación, él no la entiende. Me exige perdón y piedad. Aunque dudo de su intención, le repito la explicación. Me demanda perdón y piedad. Comprendo lo que, realmente, éste pez es: una ilusión involutiva, constante.
Admiro su cuerpo despedazado (pero vivo) y lo adentro intangiblemente en mi organismo. Cierro los ojos para encontrar la decisión final. Ya de pie, miro al suelo arenoso para sentir sus ojos al decretar la sentencia. No está, pero alcanzo a divisarlo corriendo a lo lejos. Aunque se haya escapado, jamás se separará de mí.
Vuelvo la vista al suelo y dejo caer una lágrima que automáticamente se transforma en arena y cubre parcialmente mis pies. Mi cuerpo, así, se inmoviliza. Detrás de mí, un abismo de luces y sombras apareándose, formando extraños grises (una escena similar a una cortina de humo que cubre los destrozos hechos por el fugo) y un hombre sentado, reflexionando en mi.
Por Cesar Marino
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